Equilibra tus emociones y equilibrarás tu peso

En nuestra cultura cada vez es mayor el número de personas, tanto jóvenes como mayores y, desgraciadamente cada vez más niñas, que viven pendientes del espejo y de la báscula, pagando un precio elevadísimo para conseguir esa delgadez, a menudo en contra de la propia salud (dietas irracionales, anemias, anorexia…)

Las demandas de las distintas industrias (cosmética, dietética, moda…) nos han llevado a entrar en el juego de colocar el eje de nuestra vida en nuestra apariencia externa ( el siempre bellas, jóvenes, arregladas…que tanta presión ha puesto sobre las mujeres que ahora se está extendiendo también a los hombres).

En una generación hemos pasado de una sociedad de posguerra cuyo mayor sueño era un plato de cocido a la satanización de la comida y las calorías : preparados light, liposucciones, reducciones de estómago…, todo ello acompañado de un sinfin de dietas (la del pomelo, la de sirope de arce, la de la alcachofa…, y otra media docena más que somos fácilmente capaces de evocar, y que van rotando en nuestros propósitos de año nuevo y que acaban produciendo el conocido ‘efecto acordeón’, por el que recuperamos el peso perdido y, a menudo, un poco más…

También hemos desconectado del propio acto de comer. En generaciones anteriores, la comida era un ritual que unía a la comunidad y en muchas familias empezaba con el acto de la misma siembra. Hoy en día, nos resulta fácil reconocernos en esta situación: después de un largo día de trabajo, corriendo de un lado a otro, llega la hora de la cena y dices: ‘Ahora es mi momento’. Te sientas, empiezas a comer la cena que has elaborado trabajosamente (o que malamente has apañado con lo que había en la nevera), pones la tele y hay una noticia de última hora que absorbe tu atención…Cinco minutos después vuelves a fijarte en tu plato y te das cuenta de ya casi está vacío. Y ni te has enterado. Alternativas: servirte un poquito más (si queda) y así comer el doble de lo planeado, o prepararte una taza de leche con galletas, por decir algo…

Así, un acto vital y sagrado, se ha transformado en los últimos 50 años en algo que hacemos de prisa, de manera inconsciente y a menudo, sintiendo culpa y vergüenza por nuestros excesos.

La alimentación consciente busca devolvernos la alegría y el disfrute de la comida, a través de la atención consciente en todos los aspectos que constituyen el acto de comer.

Alimentación consciente:

La alimentación consciente se engloba dentro de las prácticas de la atención plena o Mindfulness, que a su vez, se enmarca dentro de milenarias prácticas de meditación budista.

No es una dieta ni consiste en dejar de comer uno u otro alimento, se trata de poner atención a la experiencia cotidiana de comer y beber, tanto desde el punto de vista externo como de nuestros procesos internos.

Así, la alimentación consciente devuelve su protagonismo al acto físico de comer, restituyéndole su tiempo y su espacio, y poniendo énfasis en la apreciación y disfrute de los colores, olores y texturas de aquello que ingerimos, y también de nuestra sensación corporal cuando lo hacemos: ¿Tengo hambre aún? ¿Me he llenado ya? ¿Necesito comer más?

Hambre física vs hambre emocional

La alimentación consciente también implica una toma de consciencia sobre nuestro estado de ánimo. El alimento , además de ser combustible para nuestro cuerpo, constituye una parte importante de nuestro sistema emocional.

El comer y el beber puede utilizarse a cualquier edad para dar consuelo o tapar un vacío, o como premio para compensar el aburrimiento o aplacar la tristeza. Ésta es la razón por la cual los régimenes y el ejercicio físico, a veces, son insuficientes para alcanzar y mantener el peso deseado.

Para ello es necesario ir al origen que provocó el síntoma que observamos y sentimos como ‘el problema’  (comer en exceso, atracones, inapetencia o cualquier desequilibrio relacionado con la alimentación) si queremos que éste desaparezca, comprendiendo y superando los obstáculos que nos impiden relacionarnos de una forma adecuada con la alimentación.

Sin juicio ni censura, solo desde la observación y el amor hacia nosotros mismos, podemos poner nombre a lo que subyace en cada atracón: rabia, tristeza, miedo, soledad…

Viéndonos ‘pecar’ y dándonos una nueva oportunidad cada vez, y buscando la ayuda y confianza que nos haga falta en el camino.

Sabemos que los patrones que hemos forjado en diez, veinte, treinta años…, no se pueden disolver de la noche a la mañana, pero como son nuestros, tenemos derecho de hacer con ellos lo que nos convenga. Y capacidad para empezar en cualquier momento, que, por qué no, puede ser desde ya.

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